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BATALLA DE ANGHIARI

En las últimas semanas no dejan de aparecer en los medios de comunicación noticias acerca de la  investigación realizada para confirmar la existencia o no de la Batalla de Anghiari, mural pintado por Leonardo en 1505, tras los frescos de la Batalla de Marciano, obra de Vasari realizada en 1563, que se encuentran en el antiguo Salón de los 500 del Palazzo Vecchio de Florencia.

La República de Florencia decidió decorar el Salón llamando a sus dos máximos genios, Leonardo y Miguel Ángel. Cada uno debía representar una gesta victoriosa de los florentinos y a Miguel Ángel se le encargó la Batalla de Cascina. Las dos obras resultaron inacabadas por motivos diversos y los detalles históricos se pueden encontrar fácilmente en la red.

Al leer las noticias sobre la investigación, recordé unas imágenes que se me quedaron grabadas en mi niñez y que me gustaría compartir con todos vosotros. Son unas escenas de la serie de televisión sobre la vida de Leonardo, dirigida por Renato Castellani en 1971 y producida por la RAI. Esta magnífica serie estaba protagonizada por el actor Philippe Leroy. En la serie se describe todo el proceso de elaboración de la obra, desde el diseño del cartón preparatorio en Santa María Novella, hasta la construcción de un andamiaje articulado que se podía alargar o acortar. Las imágenes que recordaba eran aquellas en las que Leonardo intentaba calentar su pintura, realizada mediante un proceso de su invención, con unos inmensos calderos que eran izados con poleas.

 

La escena se puede ver, en italiano, en el siguiente enlace

http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=cXPaXAQgfJI

 

Lo que más me impresionó de esta serie en mi niñez, fue un recurso narrativo, poco utilizado en el lenguaje cinematográfico. El narrador de la serie, interpretado por Giulio Bosetti (1930-2009), aparecía en persona en la pantalla, vestido con ropas del siglo XX e integrado en la acción. El narrador se movía libremente entre los actores, sin que ellos lo percibieran. Era el testigo directo perfecto, se colaba en todas las escenas y transmitía al espectador sus impresiones de primera mano.

Siempre envidié a ese extraño personaje omnisiciente, que conocía todos los detalles del momento histórico que narraba, el intruso que se permitía todo tipo libertades, incluso ponerse a espaldas de Leonardo, mientras éste pintaba la Gioconda.

¿Qué no daríamos por tener ese privilegio, esa forma de conocer el arte? Aunque tal vez, ese don tiene incluido su contraprecio: estar al lado de Leonardo y no poder hablar con él, no tocarle ni poder comprobar si era humano o divino, tal vez nos resultaría intolerable. Tampoco, quizás, podríamos soportar conocer  las debilidades o las flaquezas de aquellos que queremos que permanezcan en nuestros recuerdos como genios eternos.

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